Comentario a la Filosofía del derecho, Capítulo 13
La acción humana como metabolismo — la transformación del mundo
Antes de que el concepto de fin se desarrolle hacia la voluntad libre, es preciso intercalar una determinación más concreta, que servirá de sostén para toda la exposición que sigue. ¿Qué significa concretamente la estructura teleológica —fin, medio, realización— para el ser cuya forma de vida ella determina: para el ser humano?
El concepto de fin no es exclusivamente humano. Los animales también intervienen en el mundo: persiguen presas, construyen nidos, defienden territorios; también las plantas se vuelven hacia la luz, hunden raíces en el suelo. En todos estos procesos puede reconocerse una estructura teleológica. Lo que distingue al ser humano no es la intervención en cuanto tal, sino la posición consciente del fin y la elaboración sistemática de los medios que sirven a su realización. Marx consignó esta diferencia en un célebre pasaje de El capital: lo que distingue a la peor arquitecta de la mejor abeja es que la arquitecta tiene la construcción primero en la cabeza antes de erigirla en cera. La abeja permanece encerrada en su hacer; la arquitecta sale de sí misma, planea, corrige, compara, aprende.
Lo que de ahí se despliega, Marx lo captó como metabolismo entre el ser humano y la naturaleza —un concepto que da precisamente en el blanco de la cosa. El ser humano no vive en la naturaleza como un ser entre otros, sino en una relación de intercambio permanente: toma materiales de la naturaleza, los transforma, los devuelve transformados. Respirar, comer, beber son sus formas más simples; el uso de herramientas, la agricultura, el artesanado, la industria son sus formas desarrolladas. En este metabolismo el ser humano transforma la naturaleza —y se transforma a sí mismo, pues los medios con que trabaja la naturaleza marcan la forma en que vive. Quien trabaja con el arado vive de otro modo que quien trabaja con la azada; quien extrae carbón vive de otro modo que quien escribe software.
El metabolismo tiene dos aspectos que en la dicción hasta aquí empleada quedarían silenciados. Primero, no es solo un enfrentamiento con la naturaleza, sino que desde siempre lo es también con otros seres humanos. El ser humano crece en una familia, aprende de otros, actúa para otros y con otros: su metabolismo con la naturaleza está mediado socialmente desde el principio. El arado con el que trabaja el campo se lo hizo alguien; el campo mismo pertenece a una comunidad, a una familia, a una asociación; lo que produce entra en un circuito de dar y recibir. Segundo, la acción humana no solo produce bienes y servicios, sino también instituciones, hábitos, reglas, roles, cultura. Cuando los seres humanos viven unos con otros, surgen acuerdos sobre quién puede hacer qué y quién debe hacer qué; de los acuerdos se hacen hábitos, de los hábitos reglas, de las reglas instituciones. Estas producciones no son un aderezo de la producción propiamente dicha; son ellas mismas una forma del metabolismo —aquel en el que los seres humanos se dan a sí mismos sus propias formas de vida. El concepto posterior de espíritu objetivo desplegará sistemáticamente estas producciones; aquí basta con retener el fundamento general de que ellas pertenecen a la acción humana.
Los medios con que se realiza el metabolismo no están a mano de manera arbitraria; ellos mismos son producidos. Las herramientas —desde la piedra tallada, pasando por el martillo, hasta la máquina controlada por computadora— son prolongaciones y potenciaciones de órganos humanos. Ernst Kapp, discípulo de Hegel, desarrolló esta idea en sus Grundlinien einer Philosophie der Technik [Líneas fundamentales de una filosofía de la técnica] (1877) bajo el nombre de “proyección de órganos”: el martillo proyecta el puño, la lente proyecta el ojo, el hilo del telégrafo proyecta los nervios. Las herramientas no son algo que se añade al ser humano desde afuera; son su propia capacidad corporal, exteriorizada en el mundo. Con cada generación de herramientas cambia también aquello que los seres humanos pueden hacer con su mundo —y con ello, lo que ellos mismos son.
Una línea particular del desarrollo técnico merece mención propia, porque será importante para la comprensión posterior de las relaciones entre sociedades y Estados: la técnica del transporte y de la comunicación. Desde los caminos y puentes, pasando por las calzadas romanas, las vías fluviales medievales, los sistemas postales de la temprana modernidad, el ferrocarril del siglo XIX, hasta el avión y el contenedor en el siglo XX, el transporte se ha extendido dramáticamente en alcance y velocidad; desde los mensajeros a caballo, pasando por correos, palomas mensajeras, telégrafo, teléfono, hasta la radio e internet, la comunicación ha recorrido un movimiento semejante. Ambas líneas tienden puentes sobre las diferencias geográficas que, en el metabolismo natural, separaban unas formas de vida de otras. No suprimen estas diferencias —los Alpes siguen entre Alemania e Italia, el Himalaya entre India y China, y la fertilidad de los suelos y la presencia de materias primas siguen distribuidas como lo están según el espacio natural—. Pero el significado de las diferencias se desplaza: lo que antes era una frontera insuperable, con el tiempo se convierte en un viaje más corto; lo que era una lejanía inalcanzable, se hace presente comunicativamente. La diferencia geográfica que en épocas tempranas aislaba en gran medida unas formas de vida de otras se convierte cada vez más en una diferencia dentro de un contexto comunicativo que la hace tratable. Este desplazamiento no es un mero hecho técnico, sino una condición para que las formas de vida de distintas regiones entren en relación entre sí —a través del comercio, la guerra, la misión, la ciencia, la migración—. Volverá a aparecer en el derecho estatal externo (Parte VIII) y en la relación entre las civilizaciones.
El significado de estas determinaciones generales para el desarrollo ulterior es el siguiente. Cuando la filosofía del derecho hable más adelante del sistema de las necesidades —de la mediación de las necesidades humanas a través del intercambio, el mercado, el dinero—, presupondrá todo lo que aquí se ha desarrollado: que los seres humanos están en un metabolismo con la naturaleza y entre sí, que producen herramientas y técnicas, que construyen instituciones y reglas, que viven en un mundo comunicativamente conectado. El sistema de las necesidades en su forma específica moderno-burguesa es una determinada figura histórica del metabolismo general, no el metabolismo general mismo. Esta aclaración permite conducir con mayor precisión el análisis de la forma moderna, porque lo general no desaparece en la forma moderna.