Einführung in den Begriff

Observaciones preliminares 1

a) Se dice a veces que la física (matemática / teórica) es matemática pura, pero eso no es cierto: ella explica conceptos como masa, fuerza, movimiento y similares, que no aparecen en la matemática. Por eso tampoco toda ecuación que fuera admisible según las leyes matemáticas tiene sentido en la mecánica matemática. Al contrario, con frecuencia hay primero que explicar ecuaciones ya existentes, darles un significado (¿quién sabría, sin una explicación previa, qué significado implica la famosa ecuación e=mc2?).

b) De igual modo puede decirse también, en la matemática misma, que esta trata en efecto de determinados conceptos matemáticos; incluso en la matemática, al hacer una demostración, no se transforma de manera arbitraria, sino que de entre las cifras astronómicas de posibilidades se elige aquella que tiene sentido dentro del objetivo de la demostración.

Estas consideraciones, sin embargo, no se desprenden de la demostración misma, por lo que se dice a menudo que es una cosa distinta leer una demostración, comprenderla o, más aún, llegar a ella por sí mismo. (Al respecto se encuentran, por cierto, muchas reflexiones adicionales en las “Observaciones sobre los fundamentos de la matemática” de Ludwig Wittgenstein, stw 506).

c) Los lógicos formales sostienen, por último, que los sistemas científicos pueden dividirse en axiomas no demostrados e indemostrables y en las proposiciones “derivadas” que se obtienen de ellos mediante transformaciones tautológicas. Con ello, también las reglas de transformación de la lógica formal empleadas allí son consideradas, de manera consecuente, como axiomas a su vez no demostrados e indemostrables.

Aunque ideas de este tipo se encuentran en libros sobre lógica formal y teoría de la ciencia, y ciertamente encuentran también, desde la filosofía, su camino hasta las páginas de opinión y la fundamentación de toda clase de escepticismo relativista propio del espíritu de la época, el funcionamiento “normal” de las ciencias no se ve especialmente afectado por ellas.

Pues el trabajo mismo del científico más torpe y más obtuso no consiste, en definitiva (que yo sepa), en inventarse axiomas arbitrarios y luego transformarlos igualmente de manera arbitraria.

¿Qué hace en realidad, entonces, un científico cuando construye una teoría científica? ¿Qué busca cuando busca una explicación? ¿Qué es un buen concepto, un axioma satisfactorio? Aclarar esto fue en su momento una de las principales preocupaciones de la filosofía clásica, de Aristóteles a Hegel.


Observaciones preliminares 2

La ciencia atraviesa, idealtípicamente, las siguientes fases (aquí prescindo de eventuales fases prácientíficas); esto puede recorrerse dentro de la formación teórica de un científico y puede reconstruirse también, de manera análoga, en la historia de las distintas ciencias.

Los elementos de la fase anterior están siempre contenidos, además, transformados por los elementos añadidos de las fases posteriores, en estas fases posteriores:

Al principio simplemente se acumula la mayor cantidad posible de información; piénsese, por ejemplo, en los informes de los viajeros en geografía y etnología, en la recolección de diversas plantas y animales en zoología y botánica y similares.

Cuando hay suficiente material disponible, se empieza a ordenarlo. Se observa entonces que, con el aumento del conocimiento, la ordenación avanza desde criterios muy exteriores (color, olor, número de partes individuales, etc.) hacia criterios cada vez más adecuados/inmanentes (así, hoy en día en biología el reino vegetal y animal se subdivide según el parentesco del ADN).

Este progreso hacia una clasificación cada vez más adecuada es provocado por el tercer paso: una penetración teórica del ámbito científico. Con la creciente penetración teórica pueden llevarse a cabo clasificaciones cada vez más adecuadas. En la penetración teórica se considera con frecuencia como objetivo llegar a aquellos conceptos, axiomas y leyes de los cuales se pueda derivar lo demás (aquí se toma generalmente como ideal la matemática, y de las ciencias naturales, en consecuencia, la mecánica).

Se trata entonces de ordenar el material encontrado de tal manera que puedan explicarse la mayor cantidad posible de fenómenos con el menor número posible de supuestos/axiomas/leyes (usado aquí en el sentido de “no derivable ulteriormente”).

Las proposiciones iniciales de la ciencia respectiva no se eligen, por tanto, arbitrariamente, sino que deben contener en sí, concentrada lo más posible, la plenitud del objeto del que tratan (en inglés, “topic”). Solo así puede después, mediante el aparente truco de magia, volver a extraerse de ellas el edificio científico. Los axiomas y las leyes son, por tanto, también el producto final de una actividad científica y no su comienzo.


¿Por qué habla Hegel entonces de conceptos en lugar de proposiciones iniciales (axiomas)?

Muy sencillo: las proposiciones iniciales tratan, al fin y al cabo (al menos), de sujetos a los que se atribuyen predicados. También estas proposiciones iniciales son, por tanto, compuestas.

El verdadero comienzo son, en consecuencia, los sujetos de la proposición (¿o es esto de nuevo solo nuestro obtuso pensamiento europeo, y un indio navajo (Sapir/Whorf) diría: los predicados? Da igual, en cualquier caso, para la reflexión siguiente no juega ningún papel).

El sujeto de la proposición tiene las propiedades que luego se le atribuyen en la proposición; es más, probablemente tiene todavía más propiedades. La proposición debe expresar aquellas propiedades que le son esenciales, de las que puedan derivarse en lo posible las demás, teniendo así al concepto como medida (más detalles sobre la relación del concepto con la proposición en la doctrina hegeliana del juicio y en el buen comentario al respecto de Heinrich Güßbacher, “Hegels Psychologie der Intelligenz”).

Si resulta que una sola proposición no basta para ello (y ese es, por regla general —no conozco excepciones—, el caso), entonces se hace con varias proposiciones. Las proposiciones deberían entonces ordenarse en un sistema conforme a su relación lógica (este es el paso, en Hegel, de la doctrina del juicio a la doctrina del silogismo).

También de manera puramente fenomenológica, si se observan las distintas ciencias, estas se presentan como las respectivas explicaciones de sus objetos (en lo que sigue siempre usado en sentido amplio, es decir, conceptos), en las que a su vez los conceptos particulares que pertenecen al tema se ordenan en un sistema.

La cuestión principal consiste, por tanto, primero, en encontrar los conceptos adecuados y sus determinaciones (es decir, la o las proposiciones que enuncian lo esencial sobre el objeto), lo cual naturalmente está relacionado entre sí, como veremos.

¿Qué es entonces un concepto y cómo lo determino?

De lo dicho hasta ahora se desprende ya, probablemente, que no se piensa aquí en

a) una definición / delimitación (arbitraria),

es decir, no algo así como:

“El hombre es un ser vivo bípedo sin plumas” (así lo dijo un antiguo filósofo griego aspirante, ante lo cual Diógenes le habría presentado una gallina desplumada)

y por eso también

b) la representación de lo universal, tal como se la conoce a partir de la lógica formal y la teoría de conjuntos, donde simplemente se obtiene un universal mediante una abstracción (cualquiera que sea) (abstrahere = lat. quitar, es decir, dejar de lado), resulta poco útil.

Ciertamente ambas cosas pueden encontrarse también, si se quiere, en el concepto; sin embargo, lo que aquí estorba es la arbitrariedad/el capricho. Un científico no quiere, como un artista (y también es muy cuestionable si este trabaja de forma simplemente arbitraria; si lo hace, presumiblemente lo hace con algún fundamento), elaborar simplemente un aspecto cualquiera que le resulte importante, sino encontrar la determinación que es adecuada al objeto.

La medida de la corrección de una determinación/teoría científica sigue siendo la coincidencia con su objeto; esta debe, pues, serle adecuada (eso es normalmente lo que distingue a una teoría científica de una obra de ciencia ficción).

Si se observan las representaciones del concepto expuestas hasta ahora, se verá que todas tienen algo en común: que al concepto le pertenece un límite que determina qué pertenece al concepto y qué queda fuera, es decir, lo “determina” (uso la palabra determinar en lo que sigue en este sentido).

Ya Spinoza dice “Omnis determinatio est negatio” (determinar es negar), es decir, excluir, indicar lo que la cosa que se ha de determinar no es.

El primer paso en la formación del concepto consiste, pues, en ocuparse del límite del concepto. Es decir, con casos límite.

¿Qué encaja todavía justo? ¿Qué ya no encaja? ¿En qué puntos no estoy seguro?

Ejemplo silla:

¿Pertenece todavía al concepto el taburete de bar de una pata? ¿Un taburete de tres patas? ¿El sillón? ¿La banqueta de apoyo de la vendedora? ¿El banco? ¿La mesa? ¿La postura de sentado? (indicación metodológica: buscar la mayor variedad posible de variantes cualitativamente distintas y ricas en contenido)

Ejemplo zapato:

¿Pertenece todavía al concepto una bota? ¿Un calcetín? ¿Una sandalia? ¿Ir descalzo (=no zapato)? ¿El callo?

La bella escisión disjunta (en el sentido de “que se excluyen mutuamente”) de A y NO-A propia de la lógica formal solo entra en juego cuando ya tengo ese límite. Y, por cierto, tampoco me ayuda en este punto saber que A = NO NO-A, es decir, que el zapato no es el no-zapato, porque aquí me ocupo de la negación determinada, del límite determinado, que precisamente no está determinado de forma formal sino de contenido (de poco me sirve saber, del zapato, que no es un no-zapato, pero de manera igualmente concreta de poco me sirve también que no sea un pájaro, un color, un estado, un amor, una computadora, etc., como ejemplos arbitrarios de un no-zapato).

En un segundo paso (el orden entre el paso 1 y el paso 2 es, según mi experiencia, indiferente, mientras con el tiempo se hagan ambos. En la práctica hay de todos modos transiciones fluidas; ambos están, como se verá enseguida, relacionados entre sí):

Se buscan las formas de aparición cualitativamente más diversas posibles del concepto. Para esto necesito el límite del paso 1; a la inversa, aquí encuentro material fronterizo para el paso 1; se trata, pues, en la práctica, en ambos pasos, de un procedimiento de aproximación, similar por ejemplo al enfoque de Gerhard Kleining (el fundador de la “investigación social cualitativa” en Hamburgo, apelando por cierto a Hegel; véase su artículo fundacional en línea: [enlace externo]); este paso se asemeja, de todos modos, a una de las recomendaciones metodológicas de Kleining):

Ejemplo silla:

Silla de oficina, silla de cocina, asientos de otras épocas / de otros pueblos, etc.

Ejemplo zapato:

Zapatillas de ballet, zapatos de punta afilada, botas de montañismo, botas antimordeduras de serpiente, calzado de seguridad de la industria / de la construcción, zapatos bajos, zapatos de mendigo, zapatos de lujo de cuero fino, zapatos de papel, zapatos de bebé, y por supuesto de nuevo zapatos de otras épocas y de otros pueblos.

A todos les resulta claro, seguramente, que el concepto debe, por un lado, determinar de manera unívoca (¿?) el límite frente a lo otro (paso 1) y, por otro, debe encajar con todas las formas de aparición que caen bajo él (paso 2).

Aquí se trata de matices, pero de eso hablaremos después.

Digamos ya, en todo caso, que en el segundo paso se trata de explicar desde el concepto la mayor cantidad posible de las distintas apariencias. A la inversa, las diferentes apariencias procuran así un concepto más “pleno”.

El concepto debe ser aquí, por así decirlo, la semilla de la que han de brotar las formas de aparición. A aquellas formas de aparición que aún podemos explicar a partir del concepto las llamamos “ particularidades”, y a aquellas que ya no pueden derivarse más, “singularidades”. Es evidente que del concepto deben poder derivarse las mayores “particularidades” posibles.

Esta es una diferencia importante con respecto a la representación de la simple universalidad “abstracta”, donde a partir de una abstracción jamás puede volverse a algo más concreto. (En la teoría de conjuntos, por eso, no tiene sentido la distinción entre lo universal y lo particular; solo hay conjunto y elementos (y cualquier número de subconjuntos intermedios)).

En un tercer paso se trata entonces de examinar las partes que pertenecen al objeto, y asimismo de encontrar su significado para el objeto, su relación con el concepto.

Ejemplo zapato: suela, parte superior, cordón

Ejemplo silla: respaldo, asiento, patas

También esta parte ocurre, en realidad, orgánicamente junto con los otros pasos; así, por ejemplo, a la delimitación pertenece a menudo la referencia a las partes (así, una silla se distingue de un taburete, entre otras cosas, precisamente por su respaldo).

Si el objeto tiene una historia (individual y/o como especie) (y ese es prácticamente siempre el caso), en un último paso hay que relacionarla también con el concepto e intentar derivarla también de él.

(Esto lo mostraré más adelante con mayor detalle en los ejemplos)


Bien, tras la visión general, entremos ahora más en profundidad:

Sobre el primer paso, la delimitación:

en nuestra investigación encontramos la justificación relativa de la delimitación. La verdad/certeza es siempre relativa a sus fundamentos. ¿Qué fundamentos tengo para la delimitación?

Tomemos el ejemplo de la silla:

Se trata evidentemente de un asiento. Esa es ya la distinción gruesa, que podemos afinar cada vez más. Tenemos, en los casos simples, ya a través de nuestro lenguaje, una idea aproximada de lo que significa una palabra, aunque a menudo no podamos expresarla explícitamente. Al delimitar, primero trazamos límites muy amplios, dentro de los cuales estamos seguros de que nuestro objeto está contenido (pero quizás también otras cosas), y desde ahí vamos estrechando el círculo en cada vuelta hasta tener ante nosotros un “traje a medida” exacto.

La silla sirve, pues, para sentarse (en general, es un truco simple, en las cosas creadas por el hombre, pensar en su finalidad, que casi siempre tiene algo que ver con su concepto. Por eso estas cosas se prestan especialmente bien como ejemplos, porque la formación de conceptos, al menos en el caso de objetos simples y bien conocidos, es aquí tan fácil).

Con esto hemos determinado, en la primera aproximación, la silla según su finalidad como “asiento” y con ello ya la hemos delimitado frente a otra cosa.

Naturalmente, esta determinación es aún bastante amplia y debe estrecharse más adelante. Al principio conviene siempre trazar los límites de manera tan amplia que también los casos dudosos queden todavía dentro (pero, por otro lado, los casos que claramente pueden excluirse —estado, pájaro, etc.— no). Estrechar el círculo siempre se puede hacer más adelante; sobre todo, el estrechamiento resulta casi por sí solo en el curso de la investigación posterior.

Para mostrar aquí cómo intervienen el segundo y el tercer paso: nos preguntamos ahora, ante cada resultado parcial encontrado, cómo podemos aplicarlo a las respectivas otras preguntas, es decir, en este caso, qué tiene que ver la determinación de una silla como “asiento” con los muchos tipos diferentes de sillas (cómo pueden explicarse estos a partir del concepto) y qué tienen que ver las partes de la silla con el concepto.

Veamos qué se desprende ya de nuestra determinación “asiento”:

La silla, como asiento (humano), está codeterminada por el cuerpo humano (longitud de las piernas, posición de las rodillas, tamaño del trasero, etc.) (prescindo aquí de la gravedad, ya que solo consideramos sillas terrestres; en el espacio quizás sería distinto). De ahí, por ejemplo, las sillas infantiles, las sillas de bebé y, con restricciones, solo en cuanto al tamaño, las sillas de muñecas.

Por otro lado, importa la postura/costumbre de sentarse; otros pueblos, distintos de los europeos, se sientan de otra manera, por ejemplo mucho más bajo (y, en consecuencia, o no tienen sillas o bien tienen sillas mucho más bajas).

Examinemos ahora más de cerca el sentarse, para lo cual la silla quiere darnos una ocasión (naturalmente podríamos también pasar a la lógica y examinar la “ocasión”, lo cual, sin embargo, parece menos prometedor en el marco de nuestro objetivo).

Así, el sentarse parece ser una postura corporal entre el estar acostado y el estar de pie. A las posturas corporales mencionadas les es común en esta determinación del sentarse (¡como se ve, van surgiendo siempre nuevas determinaciones!) que todas están ligadas a un lugar (a diferencia del caminar, correr, etc.).

El sentarse tiene así una posición intermedia entre el reposo relajado del estar acostado (todas las actividades que se me ocurren espontáneamente al estar acostado tienen que ver con esto) y el estar de pie, que está más bien en el límite hacia el desplazarse (inmediato) (por ejemplo, “hacer fila” o en el autobús/tren: “¿quiere sentarse?” — “No, tengo que bajarme enseguida”, etc.).

El peso del cuerpo descansa entonces sobre el asiento, las piernas se alivian. Así se explica el asiento de la silla.

De la necesidad de aliviar además la parte superior del cuerpo, se explica a su vez el respaldo de la silla, para sostener el torso; de la necesidad de aliviar los brazos, los eventuales apoyabrazos.

[Aquí se explicaron, pues, las partes individuales a partir del concepto]

Como las piernas son las que más trabajo tienen que realizar (soportan todo el peso), en ellas la necesidad de alivio es mayor; en el torso es la segunda mayor; los respaldos de silla, por tanto, no siempre están presentes, y los apoyabrazos se encuentran todavía más raramente.

[Incluso la ausencia de partes menos importantes pudo así explicarse]

¿Por qué se sienta el ser humano? En su posición intermedia es un descanso (parecido al estar acostado), que sin embargo deja al torso su plena movilidad (y también las piernas y los pies, al menos de manera limitada, son móviles) y no hace imposible una concentración (esto último más bien en dirección al estar de pie).

Aquí ya entro, creo, demasiado en el detalle; vuelvo a lo importante: de los diferentes propósitos que se persiguen al sentarse pueden explicarse ahora buena parte de los distintos asientos existentes:

Así existen el puesto de vigía en el mástil del barco, la banqueta de apoyo de la vendedora, el asiento del conductor, la silla de oficina, el sillón de televisión y el trono, por nombrar solo algunos ejemplos particularmente hermosos.

Llego al último aspecto, el temporal. Ya se desprende de lo dicho antes que, cuanto más se diferencian las actividades existentes, tanto más tipos diferentes de asientos puede haber (al menos potencialmente).

Según las necesidades de la sociedad y de sus miembros, estos diferentes propósitos se cumplen mediante diferentes medios (en este caso: sillas).

Si comparo lo dicho hasta ahora sobre la silla con las cuatro causas de Aristóteles, he abordado principalmente la causa final o de propósito, a la que también Aristóteles concede un valor especial (lo cual no es de extrañar, ya que Hegel se remite mucho a Aristóteles).

También apareció la causa formal de Aristóteles, pero fundada/mediada por el propósito (la forma de la silla está mediada, a través del propósito “asiento”, por el cuerpo humano, por la postura al sentarse).

Lo que aún falta son la causa material y la causa eficiente.

En efecto, precisamente en lo producido por el hombre estas dos se añaden necesariamente: qué propósito se realiza depende de las necesidades sociales; cómo se realiza el propósito depende además de las posibilidades sociales: ¿qué materiales (causa material), técnicas, herramientas de trabajo, experiencias/destrezas (estas últimas pertenecen todas a la causa eficiente) están disponibles?

También de esto se explican las distintas formas de silla.

Todavía algunas observaciones:

Las culturas asiáticas han producido, en lugar de la silla (o complementándola), sobre todo técnicas de sentarse. También esta es una posibilidad que a nosotros, europeos habituados a la técnica, quizás no se nos ocurre de inmediato, pero que se deriva sin esfuerzo del concepto (asiento).

¿Cómo sería, entonces, la siguiente ronda en la determinación del concepto?

La objeción de las técnicas de sentarse muestra que todavía no hemos aclarado por qué no nos sentamos simplemente en el suelo, o en un saliente rocoso. Así, hasta ahora, tampoco se han aclarado las cuatro patas de la silla.

No quiero exigirles demasiado aquí, pero una nueva ronda podría, por ejemplo, convertir el “asiento” en un “mueble para sentarse”.

Sería entonces el concepto de mueble, como género superior que aparentemente resulta, el que habría que aclarar; aquí seguramente entraría la investigación de la formación de los muebles frente, por ejemplo, a las partes empotradas (aquí buscaríamos el límite de los muebles y uno de sus límites —a menudo muy útil, ya que casi siempre se puede encontrar al menos en los libros— es su límite=surgimiento en el tiempo; compárese el comienzo de la Lógica de Hegel).

Si se piensa de vuelta en el punto de partida, quizás quede una decepción: sigue en pie la pregunta: “¿es entonces un sillón / un taburete una silla o no?”. La respuesta reza, curiosamente, así: es cuestión de definición.

Como justificación, un último recurso a Aristóteles:

Aristóteles dio, como es sabido, como regla para la formación de un concepto, que había que encontrar el género próximo y, junto a él, la “differentia specifica” (la distinción específica/determinada/ característica).

Esta frase se ha citado a menudo, pero cómo debería manejarse (no de manera arbitraria) se olvida con frecuencia. Lo que se quiere decir he tratado de mostrarlo:

La formación del concepto avanza, a través del límite mismo, hacia sus géneros superiores (con los que empezamos) y sus subdivisiones. Lo importante es que en ese proceso se llegue a tener un sentido para la relevancia/importancia/justificación/fundamento de las subdivisiones.

Si se sabe eso, al final resulta casi indiferente decidir llamar “silla” al mueble general para sentarse (es decir, incluyendo taburete y sofá), o llamar “silla” solo al mueble clásico, fabricado con economía de material, para una persona, de madera.

Me parece importante aquí solo que la determinación no entre en contradicción con el uso lingüístico general (por eso no se denominará más bien “silla” al sillón ni al sofá), a menos que se tengan razones importantes para ello (así, la ballena, contrariamente al uso lingüístico, no es contada por los biólogos entre los peces).


Pequeñas observaciones finales de madrugada:

Ya he señalado que un buen camino para encontrar el límite consiste en mirar en la historia el surgimiento del objeto (si tiene una historia, naturalmente).

Otro método, emparentado naturalmente con el anterior, para el primer paso, consiste en consultar diccionarios etimológicos (Duden vol. 7 “Herkunftswörterbuch”, el Diccionario de la lengua alemana de los Grimm, Adelung) buscando la historia del concepto.

El concepto debería, con reservas, también explicar su historia. En todo caso, aquí se encuentra buen material para la primera delimitación/formación del concepto, precisamente en el caso de palabras cotidianas y palabras abstractas (justamente en el caso de estas palabras el material en los diccionarios etimológicos suele ser mejor que el de los léxicos modernos, que lamentablemente se hacen sin ningún conocimiento del concepto).

Para el segundo paso, precisamente en el caso de objetos no triviales, se recopilarán a menudo también las distintas teorías sobre un objeto y luego (véase la imagen del elefante en el artículo sobre el pluralismo) se intentará explicarlas todas.

En todo caso, estas también proporcionan buen material (la recopilación de las teorías existentes, sin embargo, no debería sustituir a la recopilación de las distintas formas de aparición.

Una recopilación de este tipo debería quizás hacerse la primera vez antes de la recopilación de teorías, y luego repetirse tras una lectura de teorías lo más cualitativamente variada posible).

Para terminar, quiero señalar de paso que me he esforzado en incluir aquello que de Marx me parece racional/sensato en este contexto; en esta forma es perfectamente compatible con Hegel.

Por lo demás, no se trataba de una “vista sistemática” del concepto hegeliano de concepto, sino que quería más bien ofrecer una representación/intuición del concepto, lo cual funciona mejor casi siempre con ejemplos y aplicación práctica.

El curso natural sería ahora aplicar lo descrito en el artículo al concepto de concepto mismo. Es decir, formar la mayor variedad posible de conceptos, por ejemplo, y examinar sus particularidades. Parte de lo que he descrito en el artículo no vale, o vale de forma modificada, para conceptos de otros ámbitos (Hegel distingue, por ejemplo, en la Lógica mayor, entre naturaleza y ciencias del espíritu (incluidas las sociales)).

La variedad así encontrada ofrecería entonces no solo un concepto más amplio y diferenciado del concepto, sino que la formación conceptual expuesta quedaría a su vez fundamentada por ella misma.

La formación conceptual presentada se puede aplicar, pues, a sí misma (lo cual, curiosamente, no es en absoluto evidente en los conceptos sobre este tema) y se revela extraordinariamente flexible y no dogmática.

La obra de Hegel reclama ser una exposición sistemática de este tipo (para el concepto, esto lo proporciona la parte lógica de su obra).

A menudo se le reprocha por ello ser “dogmático”.

En realidad, en mi opinión, es exactamente lo contrario:

Porque todo está ordenado y fundamentado en su lugar, resulta la libertad de examinar en cada caso los fundamentos y de juzgarlos. Se puede leer toda la obra de Hegel a contrapelo y ver en cada determinación, en cada tránsito, la calidad (en el sentido corriente del término) de la fundamentación. Hegel muestra en cada caso: más no sé decir al respecto.

No se trata, por tanto, precisamente de una obra afirmativa (aunque se puede leerla así, esta manera de leer no aporta nada al interés por el conocimiento, y sostengo que una lectura puramente afirmativa contradice también algunas intenciones fundamentales del propio Hegel); más bien exige precisamente el repensar los pensamientos en cada caso. Si se hace esto (en lugar de tomar simplemente su sistema como aseveraciones externas), entonces se sabe también dónde están los problemas, las fortalezas y debilidades, etc.

Para nuestra época actual, que aparentemente ya no está tan acostumbrada a semejante cultura, sería sin duda deseable una exposición explícita de los problemas, lo cual también se encuentra, en general, en la tendencia de Hegel a hacer explícito todo lo implícito.

Véase también: