Kommentar zu Hegel und Marx, Capítulo 9

Donde el procedimiento no sostiene

La inversión de sujeto y predicado logra lo que Feuerbach le había exigido: encuentra al verdadero autor. No logra lo que Marx le exige.

El motivo está en la cosa misma. En la crítica de la religión hay un verdadero autor al que se le quitó algo — los seres humanos, que atribuyeron a Dios sus propias cualidades. Intercambiar aquí significa: devolver lo que fue arrebatado. En una exposición lógica el caso es distinto. Cuando Hegel determina la familia como «sustancialidad inmediata del espíritu», cuya determinación es el amor (§ 158), no le está acreditando a la Idea algo que pertenece a la familia. Está diciendo algo sobre la familia — que no es una mera datidad natural, sino una institución ética con una posición determinada dentro del todo. Este enunciado puede ser verdadero o falso. El intercambio de sujeto y predicado no decide nada al respecto.

Tampoco Marx lo examina. Muestra la forma — la Idea se dirime en momentos — y deja de lado la pregunta de qué se afirma en esa forma. Con ello se le escapa algo que cuenta para su propia posición: su tesis de que la familia y la sociedad civil son los presupuestos del Estado está próxima, en su contenido, a la determinación de Hegel. Hegel presupone la familia y la sociedad civil como las esferas finitas en las que el Estado tiene su suelo. Marx dice que ellas son los verdaderos presupuestos. Lo que diverge es el lenguaje; que también la cosa diverja habría que mostrarlo, y Marx no lo muestra.

Detrás de esto hay un problema que rebasa este pasaje. Hegel exige de manera constante que el método sea adecuado al contenido; que se examine qué pensamientos hay en una exposición antes de juzgar la exposición. Marx invoca esta exigencia contra Hegel — le reprocha imponer a las relaciones un esquema ya acabado, en vez de dejar que se desarrollen a partir de sí mismas. Pero no la aplica a su propio procedimiento. La inversión sujeto-predicado es ella misma un esquema que se impone a un texto, y la pregunta de si es adecuado a ese texto no se plantea.

Lo que se sigue de esto no exime a Hegel. Se sigue que la crítica sostiene donde muestra un error — el lenguaje mistificador, la coincidencia de conocimiento y reconciliación, el disfraz de lo prusiano como necesario — y no sostiene donde se contenta con demostrar la forma.

Un ejemplo lo muestra en las determinaciones positivas de Marx. En el célebre pasaje sobre la democracia se lee:

«La democracia es la verdad de la monarquía, la monarquía no es la verdad de la democracia. La monarquía es necesariamente democracia como inconsecuencia consigo misma […] La democracia es el enigma resuelto de todas las constituciones.» (MEW 1, 230 s.)

La figura está tomada de Feuerbach: así como el hombre es la verdad de Dios, así la democracia es la verdad de la monarquía. Solo que aquí falta lo que en Feuerbach sostenía el enunciado — la demostración de que las cualidades de uno provienen del otro. Por qué la democracia habría de ser la verdad de la monarquía y no al revés se afirma, pero no se desarrolla. Marx trae consigo una convicción política que tiene por su origen, y la reviste de un esquema que no la fundamenta. En este punto suena más hegeliano que en sus análisis — y es donde resulta menos convincente.

Lo mismo vale para la fórmula de la voltereta [Umstülpung]. Como crítica de una manera de hablar es legítima. Como método positivo, como si el mero invertir ganara algo, no alcanza. La cuestión no es si se parte del hombre o de la Idea, sino qué se dice de ambos.

También el discurso sobre el verdadero punto de partida descansa en una confusión:

«El verdadero punto de partida, el espíritu que se sabe y se quiere a sí mismo, sin el cual el “fin del Estado” y los “poderes del Estado” serían imaginaciones sin sustento, existencias sin esencia, incluso imposibles, aparece solo como el predicado último de la sustancialidad, que antes ya había sido determinada como fin general y como los distintos poderes del Estado.» (MEW 1, 215 s.)

Marx le reprocha a Hegel que en él lo real esté al final, donde debería estar al principio. En la exposición de Hegel, al final está lo que primero se daba solo de manera indeterminada; el movimiento de lo pobre a lo rico es la forma de la exposición, no una tesis sobre el orden del ser. Quien equipara ambas cosas critica un orden de la exposición como si fuera un orden de la cosa misma. Cómo hay que leer el comienzo lo desarrolla con más detalle [[kleine-logik:1]].